Lo que me enseñó 2025

Una de las grandes dolencias de los líderes es que son lanzados al abismo del liderazgo sin un manual, sin una guía clara sobre cómo hacer las cosas. Aunque también es cierto que buena parte del liderazgo se aprende de manera empírica, viviendo y aprendiendo de cada experiencia. Y eso, paradójicamente, es una buena noticia: ser un buen líder es un ejercicio inagotable. Se aprende todos los días, en cada nuevo cargo y en cada organización a la que llegamos. No existe una edad para dejar de aprender.

Este 2025 me confirmó la valentía que implica abandonar lugares que alguna vez creímos seguros en el ámbito laboral. Por más años de esfuerzo y trabajo arduo que se le dediquen a una empresa, es fundamental saber cuándo partir. Salir de la zona de confort no es fácil, más cuando se tiene un buen salario, un equipo sólido o un nombre ya construido. Pero cuando la cultura cambia con nuevos liderazgos y el corazón ya no palpita igual, quizá sea momento de cambiar de barco.

Este año, particularmente, con los cambios en mi vida profesional, confirmé lo poderosa que es la cultura organizacional, ese conjunto de valores, costumbres, prácticas, reglas no escritas y formas de relacionarse que marcan el día a día de una organización. Mucho de esto no está plasmado en una página web ni en un manual, sino que se vive (y sobre todo se siente) en lo cotidiano.

He conocido jefes que, a pesar de ser grandes profesionales, no logran acoplarse a estas dinámicas. El liderazgo no se valida únicamente con una hoja de vida; cobra verdadero sentido cuando se tiene la capacidad de adaptarse a nuevos espacios sin perder el criterio propio. Pero esto solo es posible cuando existe la disposición de escuchar, aprender y observar antes de proponer.

También aprendí el valor de construir un buen equipo de trabajo; no con reuniones eternas ni con discursos inspiradores. Se construyen estando presentes, actuando con coherencia y liderando con el ejemplo.

El pasado 21 de noviembre, durante una de las granizadas más fuertes que ha vivido Bogotá, entendí lo que realmente significa construir equipo. Ese día, el aeropuerto El Dorado no fue el único afectado. En la sede del Politécnico Internacional también sufrimos algunos daños. En medio de la incertidumbre, mientras recorría los espacios intentando dimensionar la situación, me encontré con una escena que no esperaba: mi equipo de trabajo estaba trapeando y sacando agua. Profesores y estudiantes se habían sumado espontáneamente para evitar que el agua se extendiera a otros lugares.

Todos hicimos lo mismo, agarramos los traperos para tratar de mitigar el impacto del aguacero. No hubo jerarquías, comunicados institucionales ni instrucciones formales. Nadie pidió permiso ni esperó indicaciones. Simplemente, todos decidieron actuar movidos por un propósito común. Fue un día atravesado por la angustia y el estrés, aunque también por una emoción que lo superó todo: la gratitud. Gratitud por confirmar que, cuando la cultura se construye con coherencia y respeto, las personas responden incluso cuando nadie las está mirando.

Poco suelo hablar de mí, de mi trabajo o de mis propias formas de liderar, porque creo que este espacio está hecho para visibilizar otros retos. Sin embargo, este año confirmé que mucho de lo que leemos y aprendemos sobre liderazgo no siempre ofrece respuestas para lo que ocurre en el día a día de una organización. Hay momentos en los que la intuición, la coherencia y la capacidad de dejarse ayudar resultan más valiosas que cualquier manual.

Ojalá este cierre de año sea una invitación para mirar con honestidad los aprendizajes que dejó el 2025, para iniciar un nuevo periodo con decisiones valientes y conversaciones necesarias, especialmente con uno mismo. Deseo que el próximo año les traiga equipos de trabajo comprometidos y culturas basadas en el apoyo mutuo. Y que también traiga la conciencia de que nada de esto ocurre sin esfuerzo, autoliderazgo y responsabilidad personal. Feliz 2026.

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